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MENSAJE DEL PREFECTO DE LA CONGREGACIÓN PARA EL CLERO,
CARDENAL MAURO PIACENZA,
CON OCASIÓN DEL ADVIENTO 2011

 

Reverendos y queridos Sacerdotes:

En este especial Tiempo de gracia, María Santísima, Icono y Modelo de la Iglesia, quiere introducirnos en la actitud permanente de su Corazón Inmaculado: la vigilancia.

La Santísima Virgen vivió constantemente en vigilancia orante. En vigilia recibió el Anuncio que ha cambiado la historia de la humanidad. En vigilia cuidó y contempló, más y antes que cualquier otro, al Altísimo que se hacía Hijo suyo. Vigilante y llena de asombro amoroso y agradecido, dio a luz a la misma Luz y, junto a San José, se hizo discípula de Aquel que de Ella había nacido; que había sido adorado por los pastores y los sabios; que fue acogido por el anciano Simeón exultante y por la profetisa Ana; temido por los doctores del Templo, amado y seguido por los discípulos, hostigado y condenado por su pueblo. Vigilando en su Corazón materno, María siguió a Jesucristo hasta el pie de la Cruz y, con el inmenso dolor de Corazón traspasado, nos acogió como sus nuevos hijos. Velando, la Virgen esperó con certeza la Resurrección y fue llevada al Cielo.

Amigos muy queridos: ¡Cristo vela incesantemente sobre su Iglesia y sobre cada uno de nosotros! Y la vigilancia en la cual nos llama a entrar, es la apasionada mirada de la realidad, que se mueve entre dos directrices fundamentales: la memoria de todo lo sucedido en nuestra vida al encontrarnos con Cristo y con el gran misterio de ser sus sacerdotes, y la apertura a la “categoría de la posibilidad”.

La Virgen María “hacía memoria”, es decir, revivía continuamente en su corazón todo lo que Dios había obrado en Ella y, teniendo certeza de esta realidad, realizaba su tarea de ser la Madre del Altísimo. El Corazón Inmaculado de la Virgen estaba constantemente disponible y abierto a “lo posible”, es decir, a concretar la amorosa Voluntad de Dios tanto en las circunstancias cotidianas como en las más inesperadas. También hoy, desde el Cielo, María Santísima nos custodia en la memoria viva de Cristo y nos abre continuamente a la posibilidad de la divina Misericordia.

Pidámosle a Ella, queridos Hermanos y Amigos, un corazón capaz de revivir el Adviento de Cristo en nuestra vida; capaz de contemplar el modo en el cual el Hijo de Dios, el día de nuestra Ordenación, marcó radical y definitivamente toda nuestra existencia sumergiéndola en su Corazón sacerdotal. Que Él nos renueve cada día en la Celebración Eucarística, que es transfiguración de nuestra misma vida en el Adviento de Cristo por la humanidad. Pidamos, en fin, un corazón atento para reconocer los signos del Adviento de Jersús en la vida de cada hombre y, en particular, entre los jóvenes que se nos confían: que sepamos discernir los signos de ese especialísimo Adviento, que es la Vocación al sacerdocio.

La Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes y Reina de los Apóstoles, nos obtenga, a cuantos humildemente la pidamos, la paternidad espiritual, la única capaz de “acompañar” a los jóvenes en el alegre y entusiasmante camino del seguimiento.

En el “sí” de la Anunciación, somos animados a vivir en coherencia con el “sí” de nuestra ordenación; en la Visitación a Santa Isabel, somos animados a vivir en la intimidad divina para llevar su presencia a otros y para traducirla en un gozoso servicio, sin límites de tiempo y de lugar. Contemplando a la Santísima Madre adorando al Niño Jesús envuelto en pañales, aprendemos a tratar con amor inefable la Santísima Eucaristía. Conservando todo acontecimiento en el propio corazón, aprendemos de María a concentrarnos en torno al Único Necesario.

Con estos sentimientos les aseguro a todos, queridos sacerdotes esparcidos por el mundo, un especial recuerdo en la celebración de los Santos Misterios y pido a cada uno sostenerme en su oración para cumplir el ministerio que se me ha confiado. ¡Pidamos, delante del pesebre, que cada día podamos ser aquello que somos!

Con la Carta Apostólica “Porta fidei” el Santo Padre ha convocado oficialmente el “Año de la fe”, que se desarrollará entre el 11 de octubre de 2012 y el 24 de noviembre de 2013. Os invitamos a descargar el documento y a leerlo con detenimiento. Es precioso.

Descargar “Porta fidei”

 

Así nos lo anunciaba ayer la agencia de noticias ZENIT:

Benedicto XVI instituye el Año de la fe con un “motu proprio”

CIUDAD DEL VATICANO, lunes 17 de octubre de 2011 (ZENIT.org).– La “puerta de la fe” está siempre abierta y es la clave para entrar en la Iglesia de Dios; con este concepto, el Papa introduce la Carta Apostólica en forma de Motu proprio que instituye el Año de la fe.

Titulado Porta fidei, el documento fue publicado este lunes y explica el sentido de este tiempo especial de gracia que empezará el 11 de octubre de 2012 (50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II) y acabará el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Cristo, Rey del Universo.

Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo -desvela-; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre”.

Según el Papa, “en este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo”.

Para confesar la fe “en plenitud y con renovada convicción, con confianza y esperanza”, será fundamental, añade el Pontífice, “intensificar las celebraciones de la fe en la liturgia, y en particular en la Eucaristía” y descubrir el Credo.

Benedicto XVI anima a utilizar el Catecismo de la Iglesia católica, “subsidio precioso e indispensable” para acceder a un conocimiento sistemático de los contenidos de la fe.

Para celebrar este tiempo “de manera digna y fecunda”, el Papa pide “intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo”.
El camino de la fe, subraya Benedicto XVI, dura toda la vida, desde el Bautismo al “paso a través de la muerte a la vida eterna”.

Sucede hoy con frecuencia -advierte el Pontífice- que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común”.

Sin embargo, siguiendo la indicación del Evangelio de Mateo, no podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16), indica el documento.

Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14), señala.

De aquí la institución de un Año de la fe, anunciado ya por el Papa este domingo en la misa conclusiva del primer encuentro internacional de nuevos evangelizadores.

En el documento, Benedicto XVI recuerda que ha convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana.

E indica que “será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe”.

El anterior Año de la fe fue convocado por Pablo VI en 1967, dos años después del Concilio, y, como recordó Benedicto XVI, se inscribía en la renovación de la Iglesia post-conciliar, que, como cualquier renovación, “pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes”.

A la fe está estrechamente ligada la misión, recuerda la Carta Apostólica Porta fidei. En este sentido, afirma: “Es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra”.

La fe, añade, “crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo”.

Según el Papa, “no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios”.

En el motu proprio, Benedicto XVI invita a los obispos a unirse “al sucesor de Pedro, en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece, para hacer memoria del don precioso de la fe”.

Como conclusión de la Carta Apostólica, el Obispo de Roma recuerda que “la fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda”.

Citando a san Pablo, el Papa añade: “Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia»”.

Y concluye: “Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre”.

La castidad sacerdotal

El pasado 10 de mayo, el Prefecto de la Congregación para el Clero, Cardenal Mauro Piacenza, dictó una conferencia en la XXXV Jornada regional de los seminaristas piemonteses, titulada “La formación afectiva en el sagrado celibato durante el tiempo del Seminario”.

El Cardenal-Prefecto comenzó su ponencia diciendo que “el tema que me habéis propuesto (la castidad sacerdotal) es más que nunca actual y considero que debe caracterizar, en modo sustancial, todo camino de formación al sacerdocio ministerial, porque la educación de la esfera afectiva no está jamás separada, ni es separable, de los otros ámbitos de la formación intelectual, espiritual y pastoral”.

Estos son los puntos desarrollados por el Sr. Cardenal Piacenza en la conferencia: la situación actual y la formación afectiva al sagrado celibato (la purificación de la memoria, educación del presente afectivo, la espera orante del don del sacerdocio). Termina con algunas conclusiones prácticas.

Consideramos que éste es un documento digno de ser estudiado porque presenta de manera sistemática la formación que la Iglesia quiere que transmitamos a nuestros seminaristas en este campo importantísimo en su proceso hacia el sacerdocio. Pueden descargarlo haciendo clic aquí.

El Vaticano acaba de publicar un nuevo documento sobre la confesión y la dirección espiritual, titulado “El sacerdote confesor y director espiritual, ministro de la misericordia divina”. Se trata de un manual de instrucciones sobre cómo ser buenos confesores. Este documento lo ha elaborado la Congregación para el Clero. La primera parte de este subsidio aporta indicaciones prácticas a los sacerdotes sobre cómo administrar bien el sacramento de la penitencia y también de cómo recibirlo con auténtico provecho. La segunda parte trata de la dirección espiritual: explica cómo ser buen director y cómo ser buen dirigido, y también ofrece indicaciones prácticas para llevarlo a cabo.

Ofrecemos a nuestros lectores la posibilidad de descargarse este documento directamente haciendo clic aquí.

La página web de la Congregación para el Clero (www.clerus.org) ha publicado este documento, de donde lo hemos obtenido nosotros. Reproducimos parte de la presentación del mismo, que bien puede servirnos como meditación para hoy domingo:

«Es preciso volver al confesionario, como lugar en el cual celebrar el sacramento de la Reconciliación, pero también como lugar en el que “habitar” más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y consuelo, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia divina, junto a la presencia real en la Eucaristía».

Con estas palabras, el Santo Padre Benedicto XVI se dirigía durante el reciente Año sacerdotal a los confesores, indicando a todos y cada uno la importancia y la consiguiente urgencia apostólica de redescubrir el Sacramento de la Reconciliación, tanto en calidad de penitentes, como en calidad de ministros.

Junto a la Celebración eucarística diaria, la disponibilidad a la escucha de las confesiones sacramentales, a la acogida de los penitentes y, cuando sea requerido, al acompañamiento espiritual, son la medida real de la caridad pastoral del sacerdote y, con ella, testimonian que se asume con gozo y certeza la propia identidad, redefinida por el Sacramento del Orden y que nunca se puede limitar a mera función.

El sacerdote es ministro, es decir, siervo y a la vez administrador prudente de la divina Misericordia. A él queda confiada la gravísima responsabilidad de “perdonar o retener los pecados” (cfr. Jn 20, 23); a través de él, los fieles pueden vivir, en el presente de la Iglesia, por la fuerza del Espíritu, que es el Señor y da la vida, la gozosa experiencia del hijo pródigo, el cual, cuando regresa a la casa del padre por vil interés y como esclavo, es acogido y reconstituido en su dignidad filial.