En la Audiencia General de ayer, miércoles, el Papa centró su meditación en la segunda carta de San Pablo a los corintios (2 Co 1,3-14.19-20). Como saben nuestros seguidores habituales, Benedicto XVI está dedicando sus catequesis semanales a la oración cristiana, y trata de presentarla como “un verdadero encuentro personal con Dios Padre, en Cristo, por medio del Espíritu Santo”.
La segunda carta de San Pablo a los corintios comienza con una bella oración de bendición: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios» (2 Co 1,3-4). Como se ve, “Pablo vive en gran tribulación, son muchas las dificultades y las tribulaciones que tuvo que pasar, pero sin ceder al desaliento, sostenido por la gracia y por la cercanía del Señor Jesucristo”. Así, junto a esa aflicción de San Pablo, aparece en esta oración el tema de la consolación, “que no debe interpretarse solo como un simple consuelo, sino sobre todo como un estímulo y exhortación a no dejarse vencer por la tribulación y las dificultades”.
“La profunda unión con Cristo en la oración, la confianza en su presencia, nos llevan a la disponibilidad de compartir los sufrimientos y las aflicciones de los demás”.
El Santo Padre confiesa: “Nuestra vida y nuestro camino a menudo están caracterizados por dificultades, incomprensiones, por sufrimientos. Todos lo sabemos. En la relación de fidelidad con el Señor, en la oración constante, diaria, también nosotros podemos sentir el consuelo que viene de Dios. Y esto fortalece nuestra fe, porque nos hace experimentar de forma concreta el «sí» de Dios al hombre, a nosotros, a mí, en Cristo; hace sentir la fidelidad de su amor, que llega hasta el don de su Hijo en la cruz”.
“En el «sí» fiel de Dios se injerta el «amén» de la Iglesia que resuena en cada acción de la liturgia: «amén» es la respuesta de la fe que siempre cierra nuestra oración personal y comunitaria, y que expresa nuestro «sí» a la iniciativa de Dios. A menudo respondemos como una costumbre con nuestro «amén» en la oración, sin comprender el significado profundo. Este término viene de ‘aman, que en hebreo y en arameo significa «estabilizar», «consolidar» y, por tanto, «estar seguro», «decir la verdad»”.
Benedicto XVI concluyó así su meditación: “Queridos amigos, la oración es el encuentro con una persona viva a quien escuchar y con quien comunicarse; es el encuentro con Dios que renueva su lealtad inquebrantable, su «sí» al hombre, a cada uno de nosotros, para darnos su consuelo en medio de lo tormentoso de la vida y hacernos vivir, unidos a Él, una vida llena de alegría y de bien, que encontrará su plenitud en la vida eterna. En nuestra oración somos llamados a decir «sí» a Dios, a responder a este «amén» de la adhesión, de la fidelidad a Él a lo largo de nuestras vidas. Esta fidelidad no la podemos obtener con nuestras fuerzas, no es sólo un fruto de nuestro compromiso diario; ésta viene de Dios y se basa sobre el «sí» de Cristo, que afirma: «mi alimento es hacer la voluntad del Padre» (cf. Jn. 4, 34)”.

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may.31,2012
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