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En la Audiencia General de ayer, miércoles, el Papa centró su meditación en la segunda carta de San Pablo a los corintios (2 Co 1,3-14.19-20). Como saben nuestros seguidores habituales, Benedicto XVI está dedicando sus catequesis semanales a la oración cristiana, y trata de presentarla como “un verdadero encuentro personal con Dios Padre, en Cristo, por medio del Espíritu Santo”.

La segunda carta de San Pablo a los corintios comienza con una bella oración de bendición: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios» (2 Co 1,3-4). Como se ve, “Pablo vive en gran tribulación, son muchas las dificultades y las tribulaciones que tuvo que pasar, pero sin ceder al desaliento, sostenido por la gracia y por la cercanía del Señor Jesucristo”. Así, junto a esa aflicción de San Pablo, aparece en esta oración el tema de la consolación, “que no debe interpretarse solo como un simple consuelo, sino sobre todo como un estímulo y exhortación a no dejarse vencer por la tribulación y las dificultades”.

“La profunda unión con Cristo en la oración, la confianza en su presencia, nos llevan a la disponibilidad de compartir los sufrimientos y las aflicciones de los demás”.

El Santo Padre confiesa: “Nuestra vida y nuestro camino a menudo están caracterizados por dificultades, incomprensiones, por sufrimientos. Todos lo sabemos. En la relación de fidelidad con el Señor, en la oración constante, diaria, también nosotros podemos sentir el consuelo que viene de Dios. Y esto fortalece nuestra fe, porque nos hace experimentar de forma concreta el «sí» de Dios al hombre, a nosotros, a mí, en Cristo; hace sentir la fidelidad de su amor, que llega hasta el don de su Hijo en la cruz”.

En el «sí» fiel de Dios se injerta el «amén» de la Iglesia que resuena en cada acción de la liturgia: «amén» es la respuesta de la fe que siempre cierra nuestra oración personal y comunitaria, y que expresa nuestro «sí» a la iniciativa de Dios. A menudo respondemos como una costumbre con nuestro «amén» en la oración, sin comprender el significado profundo. Este término viene de ‘aman, que en hebreo y en arameo significa «estabilizar», «consolidar» y, por tanto, «estar seguro», «decir la verdad»”.

Benedicto XVI concluyó así su meditación: “Queridos amigos, la oración es el encuentro con una persona viva a quien escuchar y con quien comunicarse; es el encuentro con Dios que renueva su lealtad inquebrantable, su «sí» al hombre, a cada uno de nosotros, para darnos su consuelo en medio de lo tormentoso de la vida y hacernos vivir, unidos a Él, una vida llena de alegría y de bien, que encontrará su plenitud en la vida eterna. En nuestra oración somos llamados a decir «sí» a Dios, a responder a este «amén» de la adhesión, de la fidelidad a Él a lo largo de nuestras vidas. Esta fidelidad no la podemos obtener con nuestras fuerzas, no es sólo un fruto de nuestro compromiso diario; ésta viene de Dios y se basa sobre el «sí» de Cristo, que afirma: «mi alimento es hacer la voluntad del Padre» (cf. Jn. 4, 34)”.

En la Audiencia general de ayer, el Papa continuó presentando la enseñanza de San Pablo sobre la oración: “san Pablo dice que el Espíritu Santo es el gran maestro de oración y nos enseña a dirigirnos a Dios con términos afectuosos de hijos, llamándolo “Abba”, Padre”. El mismo Jesús fue quien invocó así a Dios, incluso en Getsemaní, y nos enseñó a hacer lo mismo.

También la Iglesia, desde el principio, acogió esta invocación como propia y la emplea todos los días en la oración del “Padre nuestro”. En las cartas de san Pablo lo encontramos dos veces: “Que vosotros sois hijos lo demuestra el hecho que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita en nosotros: ¡Abba!, ¡Padre!” (Gal 4,6) y “No habéis recibido un espíritu de esclavos para caer en el temor, sino que habéis recibido el Espíritu que nos hace hijos adoptivos, a través del cual gritamos: “¡Abba! ¡Padre!”” (Rom. 8,15).

Benedicto XVI llega a esta importante conclusión: “El cristianismo no es una religión del miedo, sino de la confianza y del amor al Padre que nos ama”.

“Tal vez el hombre moderno no percibe la belleza, la grandeza y el profundo consuelo contenidos en la palabra “padre” con la que podemos dirigirnos a Dios en la oración, porque la figura paterna a menudo hoy no está suficientemente presente, y a menudo no es suficientemente positiva en la vida diaria”.

“Me gustaría detenerme un momento sobre la paternidad de Dios, para que podamos dejarnos calentar el corazón con esta realidad profunda que Jesús nos ha hecho conocer plenamente y para que se nutra nuestra oración. Podemos decir que en Dios el ser Padre tiene dos dimensiones:

a) En primer lugar, Dios es nuestro Padre, porque Él es nuestro Creador. Cada uno de nosotros, cada hombre y mujer es un milagro de Dios, es querido por Él, y es conocido personalmente por Él. Dios es nuestro Padre, para Él no somos seres anónimos, impersonales, sino que tenemos un nombre. Hay una palabra en los Salmos que siempre me toca cuando rezo: “Tus manos me han formado”, dice el salmista (Sal. 119,73). Cada uno de nosotros puede expresar, con esta hermosa imagen, la relación personal con Dios: “Tus manos me formaron. Tú me has pensado, me has creado y querido””.

b) “Pero esto no es suficiente aún. El Espíritu de Cristo nos abre a una segunda dimensión de la paternidad de Dios: Jesús es el “Hijo” en el sentido pleno, “de la misma sustancia del Padre”, como profesamos en el Credo. Convirtiéndose en un ser humano como nosotros, con la encarnación, muerte y resurrección, Jesús a su vez nos recibe en su humanidad y en su mismo ser de Hijo, para que así nosotros podamos entrar en su específica pertenencia a Dios”.

“Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a disfrutar en nuestra oración de la belleza de ser amigos, también hijos de Dios, de poderlo invocar con la confianza que tiene un niño con los padres que lo aman. Abramos nuestra oración a la acción del Espíritu Santo para que grite en nosotros a Dios “¡Abba! ¡Padre!”, y para que nuestra oración cambie, convierta constantemente nuestro pensamiento, nuestra acción, para que se vuelva conforme a la del Hijo Unigénito, Jesucristo. Gracias”.

La oración en San Pablo

El Papa Benedicto XVI inició en la Audiencia general del pasado miércoles, día 16 de mayo, una nueva sección dentro de la serie de catequesis que está impartiendo sobre la oración: la oración en las cartas de San Pablo.

Antes de todo, el Santo Padre destacó que las cartas del apóstol de las gentes comienzan y terminan con expresiones de oración: “al inicio agradecimiento y oración, al final la esperanza de que la gracia de Dios guíe el camino de la comunidad a la cual está dirigida el escrito”.

“Un primer elemento que el apóstol nos quiere hacer entender es que la oración no tiene que ser vista como una simple obra buena realizada por nosotros hacia Dios, una acción nuestra. Es sobre todo un don, fruto de la presencia viva, vivificante del Padre y de Jesucristo en nosotros”.

Otro importante elemento que encontramos en la oración de San Pablo es que “en la oración nosotros experimentamos más que en otras dimensiones de la existencia, nuestra debilidad, nuestra pobreza, el ser creaturas, pues somos puestos delante de la omnipotencia y la trascendencia de Dios. Y cuanto más progresamos en el escuchar y dialogar con Dios –de manera que la oración se vuelve la respiración cotidiana de nuestra alma–, tanto más percibimos también el sentido de nuestro límite”.

Mas el Señor no nos deja solos: el Espíritu Santo ayuda nuestra incapacidad, ilumina nuestra mente, calienta nuestro corazón y guía nuestro camino hacia Dios. “Con esta presencia del Espíritu Santo se realiza nuestra unión con Cristo, pues se trata del espíritu del Hijo de Dios, en el cual nos hemos vuelto hijos”.

Benedicto XVI quiere dejarnos también tres consecuencias que se dan en nuestra vida cristiana “cuando permitimos operar en nosotros no al espíritu del mundo, sino al espíritu de Cristo como principio interior de todo nuestro actuar”:

1) “Somos puesto en condiciones de abandonar y superar toda forma de miedo o de esclavitud, viviendo la auténtica libertad de hijos de Dios”.

2) “La relación con Dios se vuelve tan profunda que no puede ser afectada por ninguna realidad o situación”.

3) “La oración nunca se queda cerrada en sí misma, nunca es una oración solamente por mí, pero se abre para compartir los sufrimientos de nuestro tiempo y de los otros. Se vuelve intercesión hacia los otros y así liberación para mí, y canal de esperanza para toda la creación”.

El pasado miércoles, durante la Audiencia general, el Santo Padre agradeció la oración de toda la Iglesia por el Sucesor de San Pedro. Estas palabras del Papa venían motivadas por el tema de la catequesis que dirigió a los peregrinos y fieles que se reunieron en la Plaza de San Pedro. Benedicto XVI centró su meditación de esta semana en el último episodio de la vida de San Pedro que se nos narra en los Hechos de los Apóstoles: su liberación milagrosa de la prisión (Hch. 12, 1-17).

«La historia está una vez más marcada por la oración de la Iglesia. San Lucas, en efecto, escribe: “Mientras Pedro estaba bajo custodia en la prisión, la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él” (Hch. 12,5). Y, después de que salió milagrosamente de la cárcel, con motivo de su visita a la casa de María, la madre de Juan llamado Marcos, se dice que “un grupo numeroso se hallaba reunido en oración” (Hch. 12,12). Entre estas dos notas importantes de la actitud de la comunidad cristiana de cara al peligro y a la persecución, viene contada la detención y la liberación de Pedro, que abarca toda la noche. La fuerza de la oración incesante de la Iglesia se eleva a Dios y el Señor escucha y realiza una impensable e inesperada liberación, mediante el envío de su ángel.»

El Papa destaca de esta comunidad que acompaña a San Pedro su oración, continua, confiada y en unidad. Pero además, es para nosotros una escuela de oración por un motivo más; para ello, Benedicto XVI alude a otra comunidad en crisis, que aparece en la Carta de Santiago:

«Es una comunidad en crisis, en dificultad, no a causa de la persecución, sino porque en su interior hay celos y contiendas (cf. St. 3,14-16). Y el Apóstol se pregunta la razón de esta situación. Se encuentra con dos razones principales: la primera es el dejarse dominar por las pasiones, por la dictadura de sus propios deseos, del egoísmo (cf. St. 4,1-2a); el segundo es la falta de oración: “no piden” (St. 4, 2b) -o la presencia de una oración que no se puede definir como tal- “Piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones” (St. 4,3). Esta situación cambiaría, según Santiago, si toda la comunidad hablase con Dios, rezando asiduamente y unánime de verdad. Incluso el discurso sobre Dios, de hecho, puede perder su fuerza interior y hasta el testimonio se seca si no están animadas, apoyadas y acompañadas por la oración, por la continuidad de un diálogo vivo con el Señor. Un recordatorio importante para nosotros y nuestras comunidades, tanto las pequeñas como la familia, así como las más amplias como la parroquia, la diócesis, la Iglesia entera. Continuamente debemos aprender a orar bien, realmente orar, orientar la oración hacia Dios y no hacia el propio bien.»

El Santo Padre concluye recordando que cualquiera de nosotros (también él) «atraviesa la noche de la prueba, pero es la incesante vigilancia de la oración la que nos sostiene […] Con la oración constante y confiada, el Señor nos libera de las cadenas, nos guía para atravesar cualquier noche de prisión que pueda atenazar nuestro corazón, nos da la paz del corazón para hacer frente a las dificultades de la vida, incluso el rechazo, la oposición, la persecución.»

En la Audiencia general de ayer, miércoles 2 de mayo, en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre continuó su catequesis sobre la oración en los Hechos de los Apóstoles. Su meditación se centró en el testimonio y la oración del protomártir San Esteban, diácono.

Benedicto XVI lo sintetizó así:

En la catequesis de hoy volvemos a contemplar cómo en la oración, la lectura y meditación de la Sagrada Escritura nos conducen a la escucha de Dios que nos habla, dándonos luz para entender el presente. Así, al reflexionar sobre el ejemplo de oración de San Esteban, podemos ver cómo el primer mártir, delante del tribunal que le condena, hace esa lectura y meditación, explicando la historia de la salvación, narrada en la Biblia, desde la luz de Cristo, para demostrar que en Él se cumplen las profecías antiguas y se inaugura un nuevo culto, que sustituye a los antiguos sacrificios por el ofrecimiento de sí mismo en la cruz. Al ser llevado al suplicio, Esteban se hace uno con el Señor, y su reflexión sobre la Escritura se convierte en participación con la oración de Jesús en su agonía, de modo que, movido por el Espíritu Santo, puede hacer suyas las palabras que Cristo pronunció desde la cruz, dirigiéndolas ahora al Señor Resucitado, que se le presenta glorificado a la derecha del Padre”.

El Papa subraya dos “pistas para nuestra oración y nuestra vida” que saca del ejemplo de San Esteban:

Nos podemos preguntar: ¿De dónde este primer mártir cristiano sacó la fuerza para hacer frente a sus perseguidores y llegar hasta la entrega de sí mismo? La respuesta es simple: de su relación con Dios, de su comunión con Cristo, por la meditación sobre la historia de la salvación, de ver la acción de Dios, que en Jesucristo llegó al culmen. También nuestra oración debe ser alimentada por la escucha de la palabra de Dios, en la comunión con Jesús y con su Iglesia”.

Un segundo elemento: san Esteban ve prefigurada, en la historia de la relación de amor entre Dios y el hombre, la figura y la misión de Jesús: Él ―el Hijo de Dios―, es el templo “no prefabricado por manos humanas” en donde la presencia de Dios Padre se hizo así de cercana, como para entrar en nuestra carne humana y llevarnos a Dios, para abrirnos las puertas del Cielo. Nuestra oración, entonces, debe ser la contemplación de Jesús a la diestra de Dios, de Jesús como Señor de nuestra, de mi existencia diaria. En Él, bajo la guía del Espíritu Santo, nosotros también podemos dirigirnos a Dios, entrar en contacto real con Dios con la confianza y el abandono de los hijos que acuden a un Padre que los ama infinitamente”.

 

Una semana más, hoy miércoles, el Santo Padre se ha encontrado con peregrinos y fieles de todo el mundo en la Plaza de San Pedro con motivo de la Audiencia General.

Benedicto XVI ha hablado de un problema que surgió en la primera comunidad cristiana, “referido al ministerio de la caridad ante las personas solas y necesitadas de asistencia y ayuda”: “los de lengua griega comenzaron a quejarse contra los de lengua hebrea, porque sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria (cf. Hch 6,1). Frente a esta emergencia relacionada con un aspecto esencial en la vida de la comunidad, es decir, la caridad con los débiles, los pobres, los indefensos y la justicia, los apóstoles convocaron a todo el grupo de discípulos. En este tiempo de emergencia pastoral sobresale el discernimiento hecho por los apóstoles. Ellos se enfrentan a la exigencia primordial de proclamar la palabra de Dios de acuerdo con el mandato del Señor, pero aún siendo esta la primera exigencia de la Iglesia, consideran igualmente en serio el deber de la caridad y la justicia, es decir, el deber de ayudar a las viudas, a los pobres, de proveer con amor a las necesidades en que se encuentran los hermanos y hermanas, para responder al mandato de Jesús: amaos unos a otros como yo os los he amado (cf. Jn 15,12.17 )”.

Continuó explicando el Papa esta mañana: “Hay dos cosas que aparecen: en primer lugar, existe desde aquel momento en la Iglesia, un ministerio de la caridad. La Iglesia no solo debe proclamar la palabra, sino también cumplir la palabra, que es amor y verdad. Y, en segundo lugar, estos hombres no solo deben gozar de buena reputación, sino que deben ser hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, es decir, que no pueden ser solo organizadores que saben cómo “hacer” sino que deben “hacer” según el espíritu de la fe…; y por lo tanto su función ―si bien es sobretodo práctica―, es sin embargo una función espiritual. La caridad y la justicia no son solo acciones sociales, sino son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo”.

Benedicto XVI relaciona este hecho de la Iglesia primitiva con el episodio de la vida de Jesús en la casa de Betania, con Marta y María. “El llamado de Jesús: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada” (Lc 10,41-42), así como la reflexión de los apóstoles: “Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra” (Hch 6,4), muestran la prioridad que debemos darle a Dios… En cualquier caso, no se condena la actividad por el prójimo, por el otro, pero se subraya que debe ser penetrada interiormente también por el espíritu de la contemplación”.

El Santo Padre nos ha recordado que “sin la oración diaria fielmente vivida, nuestra acción se vacía, pierde su alma profunda, se reduce a un simple activismo sencillo que con el tiempo nos deja insatisfechos. Hay una hermosa invocación de la tradición cristiana para ser recitada antes de una actividad, que dice: “Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que todo nuestro hablar y actuar, tenga siempre en ti su principio y en ti su cumplimiento”. Cada paso de nuestra vida, cada acción, incluso en la iglesia, debe estar realizada ante Dios, a la luz de su palabra”.

Volviendo al texto de Hechos de los Apóstoles, respecto a los siete varones elegidos para este nuevo ministerio, “los apóstoles no se limitan a ratificar la elección de Esteban y de los demás hombres. Sino “habiendo hecho oración, les impusieron las manos” (Hch 6,6)”. “El énfasis de la oración, “después de haber rezado”, es importante porque pone de relieve la dimensión espiritual del gesto; no se trata simplemente de asignar un encargo como en una organización social, sino que es un acontecimiento eclesial en que el Espíritu Santo toma posesión de siete hombres escogidos por la iglesia, consagrándolos en la Verdad que es Jesucristo: Él es el protagonista silencioso, presente en la imposición de las manos para que los elegidos sean transformados por su poder y santificados para hacer frente a los desafíos prácticos, los desafíos pastorales. Y el énfasis en la oración nos recuerda también que solo por la relación íntima con Dios, cultivada todos los días, nace la respuesta a la elección del Señor y se le confían todos los ministerios en la Iglesia”.

Las últimas palabras de Benedicto XVI en esta catequesis fueron: “Queridos hermanos y hermanas, el problema pastoral que llevó a los apóstoles a elegir y a imponer las manos sobre siete varones encargados del servicio de la caridad, para dedicarse ellos a la oración y a la proclamación de la Palabra, nos señala también a nosotros, la primacía de la oración y de la palabra de Dios, que, sin embargo, produce luego también la acción pastoral. Para los pastores esta es la primera y más valiosa forma de servicio a la grey a ellos confiada. Si los pulmones de la oración y la palabra de Dios no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el riesgo de asfixiarnos en medio de miles de cosas todos los días: la oración es la respiración del alma y de la vida. Y hay otro valioso llamado que me gustaría destacar: en la relación con Dios, en la escucha de su Palabra, en el diálogo con Dios, incluso cuando estamos en el silencio de una Iglesia o en nuestra habitación, estamos unidos en el Señor con muchos hermanos y hermanas en la fe, como un conjunto de instrumentos que, a pesar de su individualidad, elevan una única y gran sinfonía de intercesiones a Dios, de acción de gracias y de alabanzas”.

 

En la Audiencia general del pasado miércoles, Benedicto XVI dedicó la catequesis a la oración de la comunidad cristiana. En concreto, el Papa centró su meditación en el texto de Hch 4,23-31, que se ha llamado el “pequeño Pentecostés”.

Lo primero que el Santo Padre destaca de esta oración es que “se trata de una oración unánime y que coincide con toda la comunidad, que se enfrenta a una situación de persecución por causa de Jesús”.

Y en esa oración, ¿qué hacen? La comunidad “pide no perder la valentía de la fe, el coraje de anunciar la fe. Pero antes trata de comprender en profundidad lo que ha sucedido, trata de leer los acontecimientos a la luz de la fe y lo hace precisamente a través de la Palabra de Dios, que nos permite descifrar la realidad del mundo”. En este caso concreto se menciona explícitamente el Salmo 2, “a la luz del cual viene leída la situación de dificultad que está viviendo en aquel momento la Iglesia”.

La oposición contra Jesús, su Pasión y Muerte, se releen a través del Salmo 2, como actuación del proyecto de Dios Padre por la salvación del mundo. Y aquí se encuentra también el sentido de la experiencia de persecución, que la primera comunidad cristiana está viviendo; primera comunidad que no es una simple asociación, sino una comunidad que vive en Cristo; por lo tanto, lo que le sucede forma parte del diseño de Dios. Como le sucedió a Jesús, también sus discípulos encuentran oposición, incomprensión, persecución. En la oración, la meditación sobre la Sagrada Escritura a la luz del misterio de Cristo ayuda a leer la realidad presente dentro de la historia de salvación que Dios actúa en el mundo, siempre a su modo”.

Precisamente por este motivo, la solicitud que la primera comunidad cristiana de Jerusalén dirige a Dios en la oración no es la de ser defendida, ni de que se le ahorre la prueba, o la de lograr éxito, sino solamente la de poder proclamar con «parresia» es decir con franqueza, con libertad, con valentía, la Palabra de Dios (cfr Hch 4,29)”.

El ruego añade luego el que este anuncio esté acompañado por la mano de Dios, para que se realicen curaciones, signos y prodigios (cfr Hch 4,30), para que sea visible la bondad de Dios, es decir, una fuerza que trasforme la realidad, que cambie el corazón, la mente, la vida de los hombres y traiga la novedad radical del Evangelio”.

Cuando terminaron de orar –anota san Lucas- «tembló el lugar donde estaban reunidos; todos quedaron llenos del Espíritu Santo y anunciaban decididamente la Palabra de Dios». (Hch 4, 31). Tembló el lugar, es decir que la fe tiene la fuerza de transformar la tierra y el mundo”.

Concluyó el Papa, aplicándonos la enseñanza: “también nosotros, queridos hermanos y hermanas, debemos saber presentar los acontecimientos de nuestra vida cotidiana en nuestra oración, para buscar su significado profundo. Y así como la primera comunidad cristiana, también nosotros, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios, a través de la meditación sobre la Sagrada Escritura, podemos aprender a ver que Dios está presente en nuestra vida, presente aun en los momentos difíciles, y que todo –también las cosas incomprensibles– forma parte de un diseño de amor superior, en el que la victoria final sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte es verdaderamente la del bien, de la gracia, de la vida, de Dios”.

Después de este tiempo de vacaciones, retomamos en este blog las audiencias generales del Santo Padre. Benedicto XVI mostró en la catequesis del pasado miércoles “la transformación que la Pascua de Jesús provocó en sus discípulos”.

Partimos de la tarde del día de Resurrección, cuando los discípulos están encerrados y con miedo. “El Maestro ya no está. El recuerdo de su Pasión alimenta la incertidumbre. Pero Jesús ama a los suyos y está a punto de cumplir la promesa que había hecho durante la última Cena: «No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros» (Jn 14, 18) y esto nos lo dice también a nosotros, incluso en tiempos grises: «No os dejaré huérfanos». Esta situación de angustia de los discípulos cambia radicalmente con la llegada de Jesús. Entra a pesar de estar las puertas cerradas, está en medio de ellos y les da la paz que tranquiliza: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19)”. “La paz que Jesús trae es el don de la salvación que él había prometido… En este día de Resurrección, él la da en plenitud y esa paz se convierte para la comunidad en fuente de alegría, en certeza de victoria, en seguridad por apoyarse en Dios. También a nosotros nos dice: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14, 1)”.

“Después de este saludo, Jesús muestra a los discípulos las llagas de las manos y del costado (cf. Jn 20, 20), signos de lo que sucedió y que nunca se borrará: su humanidad gloriosa permanece «herida»… Así, en la luz deslumbrante de la Pascua, en el encuentro con el Resucitado, los discípulos captan el sentido salvífico de su pasión y muerte. Entonces, de la tristeza y el miedo pasan a la alegría plena. La tristeza y las llagas mismas se convierten en fuente de alegría. La alegría que nace en su corazón deriva de «ver al Señor» (Jn 20, 20)”.

“Queridos amigos, también hoy el Resucitado entra en nuestras casas y en nuestros corazones, aunque a veces las puertas están cerradas. Entra donando alegría y paz, vida y esperanza, dones que necesitamos para nuestro renacimiento humano y espiritual. Sólo él puede correr aquellas piedras sepulcrales que el hombre a menudo pone sobre sus propios sentimientos, sobre sus propias relaciones, sobre sus propios comportamientos; piedras que sellan la muerte: divisiones, enemistades, rencores, envidias, desconfianzas, indiferencias. Sólo él, el Viviente, puede dar sentido a la existencia y hacer que reemprenda su camino el que está cansado y triste, el desconfiado y el que no tiene esperanza. Es lo que experimentaron los dos discípulos que el día de Pascua iban de camino desde Jerusalén hacia Emaús (cf. Lc 24, 13-35)”.

“Queridos amigos, que el Tiempo pascual sea para todos nosotros la ocasión propicia para redescubrir con alegría y entusiasmo las fuentes de la fe, la presencia del Resucitado entre nosotros. Se trata de realizar el mismo itinerario que Jesús hizo seguir a los dos discípulos de Emaús, a través del redescubrimiento de la Palabra de Dios y de la Eucaristía, es decir, caminar con el Señor y dejarse abrir los ojos al verdadero sentido de la Escritura y a su presencia al partir el pan. El culmen de este camino, entonces como hoy, es la Comunión eucarística: en la Comunión Jesús nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre, para estar presente en nuestra vida, para renovarnos, animados por el poder del Espíritu Santo”.

La Virgen María, modelo de oración

En la Audiencia general de este miércoles, el Santo Padre ha comenzado un nuevo capítulo de catequesis dentro del ciclo general dedicado a la oración. Después de haber meditado sobre la oración de Jesús, ahora el Papa dirige nuestra mirada a los Hechos de los Apóstoles y a las Cartas de San Pablo; y en concreto, en este primer encuentro, a la Virgen María.

Con María comienza la vida terrena de Jesús y con María comienzan también los primeros pasos de la Iglesia; en ambas ocasiones el clima es de escucha de Dios, de recogimiento”. La primera vez que aparece la Virgen según San Lucas es en la anunciación, y la última vez, en la espera de Pentecostés. En todas las ocasiones en que aparece María, el Santo Padre destaca el recogimiento, la escucha y la oración: en la visita a su pariente Isabel, en Nazaret, en el cenáculo, en la Cruz…

Benedicto XVI también explicó cuál es la raíz de la tradición de celebrar a Santa María en sábado: “La última mención de María en los dos escritos de san Lucas se dan en el sábado: el día del descanso de Dios después de la creación, el día de silencio después de la muerte de Jesús y de la espera de su Resurrección”.

Entre la Ascensión del Resucitado y el primer pentecostés cristiano, los apóstoles y la Iglesia se reúnen con María para esperar con ella el don del Espíritu Santo, sin el cual no se puede llegar a ser testigos. Ella, que ya lo ha recibido por haber generado el Verbo encarnado, comparte con toda la Iglesia la espera del mismo don, para que en el corazón de cada creyente “sea formado Cristo” (cf. Ga. 4,19). Si no hay Iglesia sin Pentecostés, no hay tampoco Pentecostés sin la Madre de Jesús, porque ella ha vivido de una forma única, lo que la Iglesia experimenta cada día bajo la acción del Espíritu Santo”.

El Santo Padre terminó dejándonos una clara enseñanza: “Queridos amigos, la vida humana atraviesa diversas etapas de transición, a menudo difíciles y exigentes, que requieren decisiones obligatorias, renuncias y sacrificios. La Madre de Jesús ha sido colocada por el Señor en momentos decisivos de la historia de la salvación y ha sabido responder siempre con plena disponibilidad, fruto de una profunda relación con Dios, madurada en la oración asidua e intensa. Entre el viernes de la Pasión y el domingo de la Resurrección, a ella se le confió el discípulo amado, y con él a toda la comunidad de los discípulos (cf. Jn. 19,26). Entre la Ascensión y Pentecostés, ella está con y en la Iglesia en oración (cf. Hch. 1,14). Madre de Dios y Madre de la Iglesia, María ejerce su maternidad hasta el final de la historia. Le encomendamos todas las fases del paso de nuestra existencia personal y eclesial, no menos que la de nuestro tránsito final. María nos enseña la necesidad de la oración y nos muestra que sólo con un vínculo constante, íntimo, lleno de amor con su Hijo, podemos salir de “nuestra casa”, de nosotros mismos, con coraje, para llegar a los confines del mundo y proclamar en todas partes al Señor Jesús, salvador del mundo”.

 

El silencio en la oración

El Papa retomó ayer las audiencias generales. La semana pasada el Santo Padre no tuvo esta cita semanal; la razón es que, siguiendo el ejemplo de los seminaristas de Palencia…, Benedicto XVI estaba realizando sus ejercicios espirituales, junto al resto de la curia.

Con la catequesis de ayer, terminó la serie dedicada a la oración de Jesús. El último aspecto fue el de la relación entre la palabra y el silencio en la oración.

En primer lugar, el Papa subrayó que para acoger la palabra de Dios es necesario el silencio interior y exterior. Así, vemos muchas ocasiones en los Evangelios en las que Jesús se retira solo, a un lugar apartado, para rezar. El Pontífice destacó que este silencio es necesario en la oración personal, pero también en la liturgia. “El silencio tiene la capacidad de abrir en la profundidad de nuestro ser un espacio interior, para que Dios habite, para que permanezca su Palabra, para que nuestro amor por Él penetre la mente, el corazón y aliente toda la existencia”.

Un segundo aspecto que trató Benedicto XVI fue el silencio de Dios. Cuando sentimos ese silencio de Dios, nos podemos encontrar abandonados. “Pero este silencio, como le sucedió a Jesús, no es señal de ausencia. El cristiano sabe que el Señor está presente y escucha, aún en la oscuridad del dolor, del rechazo y de la soledad. Jesús asegura a sus discípulos y a cada uno de nosotros que Dios conoce nuestras necesidades en cualquier momento de nuestra vida”.

El Santo Padre, cuando saludó a los peregrinos de lengua española reunidos en la Plaza de San Pedro, dijo: “invito a todos a aprender de Cristo el modo que tiene de dirigirse a Dios, para comprender mejor su voluntad y así llevarla a la práctica”.