Blog de los Seminarios de Palencia

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En la Audiencia general de ayer, el Papa continuó presentando la enseñanza de San Pablo sobre la oración: “san Pablo dice que el Espíritu Santo es el gran maestro de oración y nos enseña a dirigirnos a Dios con términos afectuosos de hijos, llamándolo “Abba”, Padre”. El mismo Jesús fue quien invocó así a Dios, incluso en Getsemaní, y nos enseñó a hacer lo mismo.

También la Iglesia, desde el principio, acogió esta invocación como propia y la emplea todos los días en la oración del “Padre nuestro”. En las cartas de san Pablo lo encontramos dos veces: “Que vosotros sois hijos lo demuestra el hecho que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita en nosotros: ¡Abba!, ¡Padre!” (Gal 4,6) y “No habéis recibido un espíritu de esclavos para caer en el temor, sino que habéis recibido el Espíritu que nos hace hijos adoptivos, a través del cual gritamos: “¡Abba! ¡Padre!”” (Rom. 8,15).

Benedicto XVI llega a esta importante conclusión: “El cristianismo no es una religión del miedo, sino de la confianza y del amor al Padre que nos ama”.

“Tal vez el hombre moderno no percibe la belleza, la grandeza y el profundo consuelo contenidos en la palabra “padre” con la que podemos dirigirnos a Dios en la oración, porque la figura paterna a menudo hoy no está suficientemente presente, y a menudo no es suficientemente positiva en la vida diaria”.

“Me gustaría detenerme un momento sobre la paternidad de Dios, para que podamos dejarnos calentar el corazón con esta realidad profunda que Jesús nos ha hecho conocer plenamente y para que se nutra nuestra oración. Podemos decir que en Dios el ser Padre tiene dos dimensiones:

a) En primer lugar, Dios es nuestro Padre, porque Él es nuestro Creador. Cada uno de nosotros, cada hombre y mujer es un milagro de Dios, es querido por Él, y es conocido personalmente por Él. Dios es nuestro Padre, para Él no somos seres anónimos, impersonales, sino que tenemos un nombre. Hay una palabra en los Salmos que siempre me toca cuando rezo: “Tus manos me han formado”, dice el salmista (Sal. 119,73). Cada uno de nosotros puede expresar, con esta hermosa imagen, la relación personal con Dios: “Tus manos me formaron. Tú me has pensado, me has creado y querido””.

b) “Pero esto no es suficiente aún. El Espíritu de Cristo nos abre a una segunda dimensión de la paternidad de Dios: Jesús es el “Hijo” en el sentido pleno, “de la misma sustancia del Padre”, como profesamos en el Credo. Convirtiéndose en un ser humano como nosotros, con la encarnación, muerte y resurrección, Jesús a su vez nos recibe en su humanidad y en su mismo ser de Hijo, para que así nosotros podamos entrar en su específica pertenencia a Dios”.

“Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a disfrutar en nuestra oración de la belleza de ser amigos, también hijos de Dios, de poderlo invocar con la confianza que tiene un niño con los padres que lo aman. Abramos nuestra oración a la acción del Espíritu Santo para que grite en nosotros a Dios “¡Abba! ¡Padre!”, y para que nuestra oración cambie, convierta constantemente nuestro pensamiento, nuestra acción, para que se vuelva conforme a la del Hijo Unigénito, Jesucristo. Gracias”.

 

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